LA CALLE DE LAS LIBRERÍAS - Antonia Palacios

(Tomado de: RELATOS VENEZOLANOS DEL SIGLO XX. Biblioteca Ayacucho. Nº 138. Página 169)

Voy rápido a través de la noche pensando que alguien me espera.
Alguien vestido con un pantalón gris y una chaqueta oscura y un pullover, el mismo, no quería medírselo, no, así, sólo así, por encima de los hombros, no querías, no, pero yo insistía, voy de prisa como si hubiese perdido la pista de algo y me empeñase en encontrarla quién sabe dónde, voy rápido, muy rápido, no quiero verme sola con lo que he perdido, era amplia la tienda, no sé, no recuerdo, el pullover era gris, gris oscuro, gris plomo, gris pizarra, acaso un gris más pálido, la vitrina daba hacia la calle de Las Librerías, ningún libro a la vista, sólo el nombre, habíamos pasado sin saber por qué habíamos entrado, se había parado en el sitio limitado que ocupa un cuerpo, un instante, mucho instantes, ¿por qué no te sientas?, todo el tiempo de pie, yo pensaba en la fatiga, todo el tiempo de pie, sin sentarse, había sillas, varias sillas de paja donde podía sentarse, al otro lado de la calle un largo muro vacío, en la vitrina sólo pullovers, dos chicos mirando la vitrina donde estaban puestos los pullovers, todo el tiempo de pie y la vendedora, muy pequeña, muy borrosa, señalando con el dedo, quizás alguien me espera y yo no puedo encontrarlo en medio de la noche, una noche sin historia, apenas comenzando, y yo llevo muchas noches, no querías medírtelo, no, yo sabía que te iría bien, justo tu tamaño, no quería medírselo, la vendedora abriendo y cerrando las gavetas sin ruido, era de día o quizás había avanzado ya la tarde, de pronto había tosido, tal vez para hacer algo que demostrase que estaba vivo, bien vivo, allí, de pie, el pullover por encima de su cuerpo, nada más que por encima, podía alejarlo de nuevo y colocarlo sobre el mostrador, y también, sólo con volver el rostro, podía contemplar el largo muro vacío, los chicos comenzaron a reír viéndolo tan serio con el pullover extendido sobre el pecho, demasiado grande, a ambos lados sobresalían inmensos trozos de tela, voy rápido sin necesidad alguna, lo mismo podría ir lentamente y las cosas todas permanecerían en su sitio sólo tocadas por el tiempo y yo llegaría a ellas un poco antes, un poco después y siempre serían las mismas cosas, quizá algo deterioradas pero siempre podría reconocerlas, le quedaba grande, yo creía que era su justo tamaño, equivocamos siempre las medidas, se podía elegir otro, había muchos, no había más que pullovers en la tienda y la vendedora, tan pequeña, tan callada, abriendo y cerrando las gavetas sin ruido como si se propusiese serle fiel al silencio, la noche realmente silenciosa y yo no voy ya rápido ¿para qué? de todas maneras llegaré, se movía tan suavemente la vendedora, sacando dos, o tres, cuatro pullovers de cada gaveta, todos de diferentes colores, uno azul, un azul muy bello, un azul radiante, como el turbante de aquel árabe que vendía tapices en un zoco de Marruecos, quizás entonces todo era azul, el aire, el cielo, el turbante del árabe que extendía sus tapices por el suelo, y yo mirando distraída los tapices, pensando en otra cosa, una cosa sin nombre, sin saber que más tarde vería aquel azul nítido, transparente, reflejarse en la densidad de la noche, lo vería sin verlo, una forma de mirar el otro lado de las cosas, los chicos reían y cuchicheaban entre sí, ellos también señalaban con el dedo otro pullover, azul, un azul distinto, más oscuro, casi negro, acaso más pequeño, le iría bien, sí, tenía su justo tamaño, no quería medírselo, yo insistía, estaba segura de que al fin era su exacta medida, se obstinaba en permanecer de pie, la fatiga debía ser grande, todos los instantes de pie en el mismo sitio, la vendedora le acercó una silla, muy suavemente, sin ruido una silla de paja trasladada por el aire ¿para qué arrastrarla por el piso? era tan liviana, se podía alzar desde el piso sin esfuerzo alguno, voy lentamente, cada vez más lenta, quizás es la noche la que está detenida y se niega a avanzar hacia el día, hacia la claridad del día, el muro vacío, largo, muy largo, casi interminable, no acabamos nunca de mirarlo completo, y nunca cambiaría, de pronto parecía alejarse, alejarse desde el interior de la tienda, los días demasiado cercanos, el muro ocupando un sitio interminable, mayor que el sitio mismo, le quedaba pequeño, el cuerpo sobresalía por ambos lados, el pullover parecía disminuido, el azul empalidecido, tan pálido como el cielo desvaído de aquella ciudad de mar, yo mirando el mar como si fuera algo más que una inmensa porción de aguas movidas, como si fuese algo que se proyectase más alá de todas las medidas, de todos los intentos de atravesarlo, como se atraviesa un bosque, una calle, como se atraviesa el patio de una casa cualquiera, un patio que estaría desierto, ni siquiera huellas de pasos sobre la tierra apisonada, aun cuando estuviese iluminado por el día siempre estaría desierto, ningún ser viviente detenido en la mitad del patio mirando las hojas anchas de los plátanos, las hojas altas del laurel, demasiado elevado , demasiado amplio, para un patio de dimensiones fijas, se escuchaban rumores, rumores que llegaban de improviso sin saber nunca de dónde procedían, los minutos pasaban, no quería medirse tampoco el azul, no quería, no, la vendedora eligió un rojo, de tamaño mediano, ni demasiado grande ni demasiado pequeño, acercó el rojo a su rostro, ni demasiado grande ni demasiado pequeño, acercó el rojo a su rostro, le iba bien el rojo, era como un halo cálido que lo envolvía, ahora estaba segura que era el pullover que necesitaba, el que tenía exacta la medida del cuerpo, ya no voy rápido, ni lenta, simplemente voy, como si no me moviese, y sin embargo he avanzado bastante en mi larga marcha, lo suficiente para dejar atrás un vasto espacio al que ya no regresaré, hacía frío y quizás llovía, no sé, sobre el muro comenzaban a caer algunas gotas, muy espaciadas, era la calle de Las Librerías, ningún libro a la vista, tan sólo el nombre, las calles vecinas también se llamarían de alguna manera, cada una, seguramente, tenía su nombre propio o quizás alguien había pensado que todas las calles tomasen el mismo nombre, el de la calle de Las Librerías, yo continuaba mi viaje un poco indiferente a lo que me rodeaba, la memoria lejos, muy lejos, el rojo tampoco quería medírselo, tal vez pensaba que era la medida exacta y le daba miedo tanta exactitud, ya los chicos se habían marchado, habían subido calle arriba costeando el muro, la lluvia arreciaba y el muro , tan largo, tan vacío, comenzaba a tomar otro color mojado por la lluvia, yo miraba el muro ahora miro lo que se extiende frente a mí, descubriéndolo entre la noche, yendo y viniendo, o más bien yendo, sin regresar ¿para qué? ya todo lo que he dejado atrás está bien visto, bien trajinado por mis pies, el frío y la lluvia, y un cierto aire dulce, tibio, levantándose perezosamente desde la tierra, le quedaba corto el rojo, toda la cintura al descubierto, puesto así, sólo sobre los hombros, casi todo el cuerpo al descubierto, la vendedora estiraba el pullover con sus manos, muy suavemente, como si tocase algún material muy frágil, tenía las manos pequeñas, delicadas, la vendedora, podía estirar el pullover sin que éste se sintiese tocado, el pullover plantado sobre el pecho, cubriendo apenas una parte del tórax, el resto del cuerpo al descubierto, las manos de la vendedora detenidas sobre el pullover, detenidas sobre su pecho, él siempre de pie, siempre en el mismo sitio, la vendedora comenzó a doblar los pullovers uno a uno para colocarlos de nuevo en las gavetas que habían quedado abiertas y vacías, en el último momento ¿el último? Pensamos en marcharnos, no sé, eran demasiados pullovers y ninguno se ajustaba a las medidas fijas de su cuerpo, todos estaban ahora bien doblados sobre el mostrador, la vendedora los iba colocando uno a uno en las gavetas, sin ruido, todo era silencio, la lluvia caía fina, lenta, siempre de pie como si nunca pensara moverse de su sitio, una persistencia semejante a la persistencia de la lluvia que caía sin parar, un hombre alto, grueso, demasiado alto, demasiado grueso, demasiado alto, demasiado grueso, mojado por la lluvia, empapado, sacudiéndose la ropa, salpicándolo todo, como si la lluvia hubiese penetrado con él en el interior de la tienda, la vendedora comenzó de nuevo a abrir una a una las gavetas, dulcemente, pacientemente, a mostrar de nuevo uno a uno los pullovers, a extenderlos sobre el mostrador, el hombre alto, demasiado alto, grueso, demasiado grueso, se los medía, no sólo extendiéndolos sobre el cuerpo, el cuerpo descomunal, no, metía la cabeza por la abertura del cuello, metía los brazos entre las mangas, con esfuerzo, mucho esfuerzo, la vendedora ayudaba empujando con las manos, las manos frágiles, delicadas, adquirían de pronto un inesperado vigor, ninguno le servía, ni el rojo, ni el azul, ni el amarillo, todos estaban vueltos de revés, las mangas retorcidas, el rostro del hombre abotagado, sudoroso, los cabellos hirsutos, la vendedora se movía con una rapidez insólita esforzándose por ajustar el pullover al desmesurado espesor del cuerpo, el cuerpo que iba de un lado a otro, intentando de pronto sentarse en una de las sillas de paja ¡tan liviana! la vendedora corrió rápido alejando la silla, colocándola fuera del alcance del hombre, se plantó frente al hombre desafiante, como si intentara cercarlo, cerrarle todas las salidas, parecía crecida la vendedora, yo seguía sin detenerme, la noche continuaba su camino, oscura, silenciosa, continuaba adelantándose como si el fin estuviese ya cercano, ninguno le servía, ninguno, era demasiado grueso, los hombros, el pecho, los brazos, todo desproporcionado, en la tienda había roto el orden, ya eran muchos los que entraban, la vendedora recuperó la calma ante la avalancha de cuerpos que se apretujaban en la tienda desbordando el espacio, muy lentamente daba vueltas a las mangas de los pullovers, alisaba los cuellos con sus manos finas y ligeras, a veces, levantaba los ojos de su tarea y miraba fijamente a los que estaban allí tumultuosos aguardando a que los atendiese, parecía como si se hallase sola, solitaria en la tienda, doblando cuidadosamente los pullovers como si fuese la última vez que los tocase, como si los alejara para siempre dejándolos ocultos, encerados para siempre en el interior de las gavetas, quizás había sido un fracaso, un verdadero fracaso el que no hubiese ningún pullover a su medida, la vendedora ya no te miraba, como si te hubiese olvidado, tú siempre de pie, el mismo sitio, sólo con volver el rostro podías contemplar el largo muro vacío, la tarde había caído y todos estábamos a la espera de que se encendiesen las luces en la calle, la lluvia había cesado, no sé cuándo se iluminó el aviso, una ancha franja toja a lo largo del muro bordeándolo en lo alto, más abajo una franja azul, ambas franjas atravesadas por la flecha que saltaba de la sombra a la luz, de la luz a la sombrea, saltaba, corría, a lo largo de las franjas de colores, dorada, luminosa, la flecha, corría señalando un camino, un invisible camino, la noche ya en sus finales, ya sin esfuerzos para mantener su tiniebla, el día empujaba sin titubeos, firme, equilibrado… Fue entonces cuando yo me detuve, lejos, muy lejos de la calle de Las Librerías.

(“Una plaza ocupando un espacio desconcertante”. Caracas: Monte Ávila Editores, 1981, pp. 45-51)

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