Construir la paz

Por Lydda Franco Farías

Debo decir, para ser honesta, y sin temor a que se confundan mis palabras con los denuestos que emite la Coordinadora Democrática, que no comparto algunos aspectos de la Revolución Bolivariana. Siempre he sido crítica con los procesos de cambio a los cuales les veo una afinidad con mis propias búsquedas sociales, porque creo que toda cultura democrática debe estar vigilada por una lucidez reflexiva y alerta.

Ninguno de los gobiernos del Pacto de Punto Fijo se preocupó realmente por construir una práctica y una tradición raigal, profunda y auténtica de conciencia crítica y de establecer desde el hogar y la escuela, pero ni siquiera desde el liceo y la universidad incluso, una actitud de tradición para la paz, pero por Dios, no la paz ñoña y pasiva, la paz consumista de los sepulcros, sino la paz activa, la paz compartida, la paz que deriva sus fastos del conocimiento, de la lectura, de la reflexión solidaria y amorosa entre los allegados y compatriotas.

Considero que si el presidente Chávez hubiera hecho una crítica realmente radical de nuestras prácticas existenciales, escolares, hogareñas y sociales, vale decir si muchas de sus intervenciones las hubiera enrumbado de manera permanente, constante, honda y voluntariamente hacia el proceso de conocimiento de nuestro pueblo y su conversión en auténticos ciudadanos, es decir, en una herencia civil y cualitativamente participativa.

Ese instrumento, el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes que visto desde una perspectiva aparente y superficial, si se hubiera instrumentado en una forma más inter, pluri y multidisciplinaria, si se hubiera dado mayor importancia a establecer una forma de elaboración y vivencia del conocimiento, más activo, un escenario donde los docentes y alumnos fueran preparados para experimentar su relación con la realidad gozosa, lúdica, conciente; si no se hubiera concebido la cultura y el arte sólo como espectáculo, baile folklórico, si se hubiera hecho ver con claridad y discernimiento epistemológico y estético, axiológico y ético, se hubiera podido levantar un sistema de conexiones y relaciones más factibles de revelar y desvelar el conocer, el disfrute y utilidad para la vida en una perspectiva verdaderamente ampliadora y no reductora del mundo y de la vida. Así concebido, éste hubiera sido un gran Ministerio, reitero, la paz requiere justicia pero antes requiere cultura y educación de la justicia, que quiere decir una tradición de la libertad para entender la paz.

Por mi experiencia política y por mi vocación poética me he acostumbrado a no dar cheques en blanco. Así como repudio tajante y claramente los desmanes y desafueros cometidos durante cuarenta años por muchas de las personas e instituciones que hoy encabezan la Coordinadora Democrática, de los cuales no puedo olvidar los atropellos y atentados contra el pueblo, contra la paz, contra la justicia, contra la economía, contra los valores; tampoco puedo dejar de criticar a la Revolución Bolivariana (con la cual en muchos de sus aspectos me identifico y en otros no) por lo que yo creo son graves para crear una tradición activa de paz. El presidente Chávez en sus alocuciones trata de economía, política, folklore, mucho de deporte, pero en sus discursos noto que está ausente la preocupación por la lectura, el arte y el conocimiento, esto puede parecer una inutilidad en estos momentos de crisis, pero no, es por ese pragmatismo que la derecha y la izquierda han desdeñado y siempre pospuestos estos asuntos para mí relevantes. En el vigésimo séptimo Simposio de Literatura Venezolana en el Instituto Pedagógico Universitario de Maracay, el Profesor Enrique Arenas en su discurso de orden hace unas críticas similares a las que yo ahora hago sobre la despreocupación que el Presidente ha demostrado por la cultura, la lectura, el arte y el conocimiento frente a otras disciplinas y aspectos de la vida nacional, por ejemplo, es necesario e impostergable darle rango al Ministerio de la Cultura, no estoy diciendo que la Revolución deba crear de golpe y porrazo lo que gobiernos anteriores no han hecho en 40 años, tampoco digo que el presidente Chávez deba ser un especialista en estética y epistemología, o, todos nuestros compatriotas, intelectuales, no, lejos de mí está tal desaguisado. Lo que quiero decir, es que, aunque una apoye el proceso revolucionario no puede ser genoflexo y ocultar verdades que perjudican a este proceso que es fuerte y sólido como creo que lo es.

Mi oficio es la poesía, y el ejercicio de la imaginación creadora está reñido con la sumisión, la actitud crítica será para mejorar aquello en lo que creo y es esta actitud crítica sana y sin ambages la mejor manera de construir la libertad, la tolerancia y la paz. Creo que de hoy en adelante más que nunca, debe establecerse a través de la decisión y la confrontación creadora, un legado permanente de procesos que ayuden a despertar nuestros sentidos, nuestra sensibilidad, nuestra solidaridad, nuestra reflexión, nuestra percepción de una manera más profunda de ideas y conceptos para la consecución de la paz. Me entusiasmaría mucho que este proceso se enrumbara hacia estas cosas de las que he venido hablando.

La escuela, el hogar, el ciudadano, el funcionario, el líder político; para ser radicalmente distintos han de asumir la paz, la justicia y la tolerancia, dando igual importancia al análisis político y económico, a los libros, a las artes, a la reflexión; valores, definiciones y perspectivas que de ellas derivan todos estos elementos interrelacionados y no desconectados, ayudaran a construir el piso de la paz.

Defiendo este proceso, adverso con todas mis fuerzas a la Coordinadora Democrática, pues, tengo experiencia de sus atropellos en toda mi vida republicana de escritora y seré, una crítica de este proceso que respeto y defiendo para empujarlo a su perfección. A propósito me viene a la memoria una antigua sentencia que cito y revierto: “si vis pacem, preparatí bella” (si quieres la paz, prepara la guerra). Yo digo convencida: si quieres la paz, prepara la paz.

Para concluir, insisto, hago énfasis en que defiendo este proceso, estoy en contra de quienes pretenden desdibujarnos como país, empujarnos a juro y por las malas al despeñadero, y, aunque creo definitivamente que hay que construir la paz y practicar cotidianamente la tolerancia, sucede a veces que- como diría Vallejo:

“(…) la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres”

ESCRITO DURANTE LOS PRIMEROS AÑOS DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA
(Desconocemos los datos exactos de su publicación, por lo cual agradecemos a quien posea esa información hacérnosla llegar)

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