Cuando la cordura estorba

De Miriam Matey



Desde la puerta de su jardín él cavila; es una tarde fresca de insectos impertinentes volando en el cielo desnudo de aquella casa de campo. Los mosquitos, posados en su nariz, provocan una dulce ira, incapaz de romper con su ciclo de vida; y las matas se mueven con sumo cuidado para no hacer ruido e irrumpir inoportunas en el descanso del amo. Al tirar la vista a un costado, nota que la hiedra se anuda cada vez más entre sus ramas, formando inextricables caminos verdes, pero trepadora, como siempre, ahogando los grandes murales del sitio. Sin embargo, esboza una sonrisa nostálgica, y sin más, sigue observando…

El vestido azul de encajes marcaba sus curvas, y las sandalias tonificaban los músculos de sus piernas, embelleciéndolas; vino hasta él para ver si algo se le ofrecía, aprovechando el frescor de la tarde, pero él, de manera amable, se excusa; quiere seguir mirando lo que hasta ahora, pero no puede, quedó prendado. Entrega todo aquello que la satisface, material o inmaterial, para conservarla a su lado. Los sacrificios van más allá de lo normal, pero no consigue nada a cambio; sólo desamor y perfidia. Ella toma sus maletas, bota al tiempo todos esos años vividos, y mete en su cartera un poco de frescura, para no olvidar el verdor, único recuerdo agradable; y se marcha.

Él se queda, amándola aún, y hasta quién sabe cuándo; mirando la hiedra aferrarse, con sus hojas verdinegras,… su espeso follaje…
*Imagen: Henri Matisse

Instagram: @edicionesmadriguera