El antes y el después del 4 de Febrero

* Licdo. Douglas Villasmil

En la década de los 80’ la lucha vanguardista por una sociedad más justa fue llevada a cabo por el movimiento estudiantil en casi toda la geografía nacional, que salía a las calles para protestar contra los diversos males que aquejaban a la población venezolana; muchos fallecieron o fueron detenidos y torturados, en manos de aquellos hombres bestiales vestidos de negro, que eran parte del cuerpo de inteligencia política de aquel entonces (DISIP) y por los agentes policiales.



Impensable para nosotros salir a la calle para defender los intereses de un canal de televisión oligárquico, o mostrar las nalgas al mejor estilo de los “American boys”; se salía para protestar contra las injusticias, la exclusión, la falta de presupuesto universitario, los estudiantes sin cupos, el alza del pasaje o las políticas neoliberales impuestas por el Fondo Monetario Internacional; existía una conciencia revolucionaria, a pesar del momento adverso; el sueño de una nueva civilización se había esfumado: el campo del llamado socialismo real de Europa, se había derribado cual castillo de naipes, había mucha incertidumbre y desesperanza.

La historia “dormía”; un intelectual de las transnacionales y del neoliberalismo, de apellido Fukuyama, había decretado el fin de la historia, desafiando las leyes de la dialéctica. Estábamos heridos en el alma por las masacres de Cantaura, Yumare y El Amparo y los sucesos trágicos del Caracazo en el 89, hasta que una madrugada del 4 de febrero de 1992, nos enteramos de que un grupo de jóvenes militares, denominados MBR-200, y liderados por “un tal Hugo Chávez Frías” irrumpieron contra el poder establecido. Sólo el hecho de llamarse Movimiento Bolivariano hizo renacer las esperanzas por alcanzar la utopía. Esta acción fue una derrota militar, pero una victoria política.

Dieciocho años después del 4-F, sin duda que se han dado grandes pasos para alcanzar la dignidad; traducidos en la inclusión social, en la participación y organización ciudadana, en el acceso a la educación, salud y cultura, en la lucha contra el latifundismo, en la integración latinoamericana, en la reivindicación de los pueblos originarios y de las personas con discapacidad, entre otros. En contraparte, se perciben muchas desviaciones en el plano de la ética y la moral, lo que dista mucho de una auténtica revolución.

El proceso emancipador que data desde la resistencia indígena, pasando por la lucha independentista y la lucha armada de los años 60, sigue inconcluso… ojalá las venideras generaciones puedan concretarlo.

* Docente del IUTAG

Instagram: @edicionesmadriguera